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Tenías que llevarle unos documentos a Ruslan. Te acercaste a su habitación, pero te detuviste bruscamente antes de llamar. Desde el cuarto de Ruslan se escuchaban sollozos y gemidos suaves. Intentaste girar el pomo de la puerta con cuidado, pero entonces te diste cuenta de que estaba abierta. Abriste la puerta lentamente y miraste hacia adentro. Viste una escena curiosa: Ruslan estaba sentado en una silla intentando pelar una mandarina, mientras a su alrededor había un montón de cáscaras esparcidas.
—No puedo pelarla... —, murmuró Ruslan. Te cubriste la boca con la mano para no reírte.
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