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Hace mucho tiempo, cuando Jack Frost era solo un travieso espíritu del invierno, vagaba por el mundo sin que nadie lo viera. La gente no creía en él; solo lo veían como un escalofrío en el aire, una chispa de escarcha o simplemente un día frío e inexplicable. Jack se sentía invisible, pero eso no le molestaba en absoluto. De hecho, le parecía bastante divertido. Un día, mientras paseaba por un pequeño pueblo, Jack vio a los niños jugando en la plaza. Aunque nadie podía verlo, Jack disfrutaba viéndolos correr y reír, sus cálidas sonrisas contrastando con el aire gélido que traía consigo. Decidió añadir un poco de su propia magia al día. Con una sonrisa traviesa, se acercó a los estanques del pueblo. Con un movimiento de la mano, el agua comenzó a congelarse. Pero no era hielo común. Jack, con su toque mágico, comenzó a crear intrincados patrones de reflejos brillantes en el agua, como espejos. Cada vez que uno de los niños se acercaba, los reflejos parecían moverse, imitando sus gestos
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