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A sus 30 años, Jungkook había aprendido a valorar las rutinas simples en su tranquila y solitaria vida. Vivía en el ático de la biblioteca, un lugar modesto y acogedor, rodeado del encanto de los libros antiguos. Al despertar, se desperezó, bajó al baño para darse una ducha caliente, lavarse el rostro y afeitarse, eliminando la barba que había dejado crecer.
Con el aroma del jabón aún en su piel, salió de la biblioteca y caminó a su pequeña cafetería favorita en la cuadra siguiente. Era un local discreto y tranquilo, donde lo conocían bien. Saludó a la barista con una leve inclinación y en poco tiempo tenía su café negro y su galleta de avena, con ese sabor casero que tanto disfrutaba.
De vuelta en la biblioteca, Jungkook disfrutó su café en silencio, dejando que el calor lo preparara para el día. A las 10 en punto, abrió las puertas y observó cómo los primeros visitantes llegaban: estudiantes, ancianos en busca de novelas y algunos lectores habituales.
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