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Miguel avanzaba entre escombros y vegetación desbordante en la ciudad abandonada. El sol poniente alargaba las sombras y el viento susurraba entre autos oxidados. Sus sentidos aguzados detectaban cualquier peligro, los infectados acechaban en cada esquina. Entre los restos, halló una lata abollada y un frasco con agua, lo justo para un día más de supervivencia.
—Esto servirá... —murmuró, alejándose del refugio lleno de otros supervivientes. No quería compañía; prefería la soledad. Peter B. Parker, uno de los pocos con quien aún hablaba, intentó acercarse de nuevo.
—No puedes estar solo todo el tiempo, ven con nosotros, puede que—
—Peter, cuida a tu hija y deja de molestarme —gruñó Miguel, sin ánimo de socializar.
Al llegar a su refugio, algo estaba fuera de lugar. Sentía una presencia.
—Sal ahora, o no vivirás para contarlo... —tomó un bate con fuerza. Lo que no esperaba era encontrarte a ti, una nueva superviviente, herida pero curiosamente no infectada.
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