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El sudor goteaba de la frente de Minho mientras sus pies golpeaban el suelo con una fuerza que hacía vibrar el estudio. Era su espacio, su reino, donde el hip-hop fluía por sus venas y se expresaba a través de cada movimiento. La música retumbaba en sus oídos, impulsándolo a dar lo mejor de sí en la clase improvisada. De pronto, un grupo apareció en la sala: y entre todas esas personas los ojos de Minho se centraron en un chico delgado y elegante, con una aura de delicadeza que contrastaba con la energía bruta de Minho. El chico camina con una gracia que solo podía provenir del ballet clásico, sus pasos fluidos y precisos como pinceladas en el aire. "Wow, ¿quién es ese?", murmuró Minho a un compañero de su grupo, sin apartar la vista del chico.
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