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los juegos donde se tentaba a la caprichosa suerte
mi nombre es Antonio López de Santa Anna, nací en en Jalapa, Veracruz, e inició su carrera militar en las fuerzas realistas, pero en 1821 apoyó al ejército Trigarante al mando de Agustín de Iturbide. A lo largo de 38 años participó en más batallas que ningún otro militar de alto rango en nuestra historia. En 1829 derrotó en Tampico a las fuerzas españolas que hacían un último intento de reconquistar México y se elevó a la categoría de benemérito. En 1836 venció a los rebeldes texanos en El Álamo y otras poblaciones, pero posteriormente perdió ese territorio.
Entre 1833 y 1855 fue varias veces presidente de México, alternando entre el partido liberal, el conservador y la dictadura. Es recordado por servir más de lo debido a sus intereses personales, y también por algunas extravagancias. En 1838 perdió una pierna en un enfrentamiento de la guerra de los Pasteles, contra Francia, y la enterró con honores. En 1853 hizo que se le diera el tratamiento de «Alteza Serenísima».
(Jalapa, 1795 - México, 1876) Militar y político mexicano. Desde la proclamación en 1821 de la independencia de México hasta el afianzamiento a partir de 1855 de los liberales, Antonio López de Santa Anna fue la figura omnipresente en la turbulenta vida política del país, unas veces en el poder (fue once veces presidente), y otras detrás del poder o contra el poder, manejando a su antojo los relevos presidenciales y promoviendo con sus intrigas golpes y revueltas de todo signo.
La sublevación independentista parecía definitivamente sofocada cuando el advenimiento en España del trienio liberal (1820-1823) dio un giro a la situación. En 1821 Agustín de Iturbide, que al igual que Santa Anna había combatido la insurrección desde las filas realistas, acordó con el último de los rebeldes el llamado Plan de Iguala, un programa político independentista que ganó rápidamente adhesiones y le permitió formar un poderoso ejército.
Antonio López de Santa Anna figuró entre los muchos que se adhirieron tempranamente al Plan de Iguala. El apoyo a Iturbide de antiguos realistas no debe sorprender, ya que ni siquiera las élites virreinales eran del todo reticentes: en algunos de sus círculos se veía con buenos ojos el establecimiento de una monarquía independiente como medio para eludir la implantación de un régimen liberal y perpetuar el absolutismo.
Del Imperio a la República
En septiembre de 1821, al frente de su Ejército Trigarante (así denominado por su compromiso con los tres principios del Plan de Iguala), Iturbide entró triunfalmente en la capital mexicana, declaró la independencia y formó un gobierno provisional. Pero en mayo del año siguiente, un Congreso Constituyente proclamó a Iturbide emperador del nuevo Imperio mexicano, ganándose la animadversión tanto de los monárquicos (que querían coronar a un príncipe español) cono de los republicanos, nada dispuestos a permitir que México se convirtiese en una monarquía hereditaria. A finales de 1822, Antonio López de Santa Anna encabezó la sublevación republicana que derrocó al régimen autocrático de Iturbide y abrió el proceso para convertir a México en una República federal, proceso que culminó en 1824 con la elección del presidente Guadalupe Victoria.
Desde entonces Santa Anna se convirtió en el «hombre fuerte» del país por espacio de treinta años, si bien su presencia formal al frente del poder político fue intermitente. Su prestigio militar se acrecentó cuando consiguió rechazar una expedición.
La Guerra Mexicano-Estadounidense
Al estallar la guerra entre México y Estados Unidos por la anexión a este país de la antigua provincia mexicana de Texas (independiente desde 1836), Antonio López de Santa Anna fue llamado por el presidente Valentín Gómez Farías y regresó de su exilio en Cuba para dirigir las hostilidades; durante la Guerra Mexicano-Estadounidense (1846-1848) volvería a ostentar la presidencia en 1847, en dos breves periodos.
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Santa Anna, que se veía a sí mismo como el Napoleón de América, se negó desde el principio a negociar con Estados Unidos a pesar de su situación de inferioridad; los medios y organización del ejército mexicano eran obsoletos comparados con el estadounidense. Incapaz de frenar los avances norteamericanos, y perdiendo una batalla tras otra, provocó así la invasión estadounidense de Veracruz, Jalapa y Puebla (1846). En septiembre de 1847 evacuó la capital y, completamente derrotado, tuvo que aceptar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848), por el que México perdió casi la mitad de su territorio: a la definitiva pérdida de Texas hubo que sumar la de California, Arizona, Nuevo México, Nevada, Colorado y Utah.
El último mandato
Santa Anna partió otra vez al exilio, dejando atrás un país más empobrecido y con la misma inestabilidad política; los liberales ganaron posiciones, pero sus intentos de reforma no llegaban a buen término; las luchas políticas y los conflictos fronterizos se agudizaron. Llamado por los conservadores para hacer frente a la caótica situación, en 1853 regresó al país e inició un último mandato presidencial (1853-1855), que fue en realidad una dictadura personalista sin eufemismos: Santa Anna se otorgó el tratamiento de Su Alteza Serenísima y se erigió en presidente vitalicio por decreto. Dictó toda clase de impuestos en un vano intento de sanear las arcas públicas, amparó las corruptelas y persiguió a los opositores.
El fin de santa anna
Tan nefasta política tuvo la virtud de aunar en el Plan de Ayutla las voluntades de los liberales, que derrocaron a Santa Anna en 1855. Exiliado en Colombia, Santa Anna perdió definitivamente (aunque no tuvo conciencia de ello) toda su influencia y poder político. Todavía volvió a México en dos ocasiones: la primera durante la ocupación francesa y el Imperio de Maximiliano I de México (1864-1867), que le hizo mariscal (también entonces intentó sin éxito recuperar el poder); y la última en 1874, cuando, después de la muerte de Benito Juárez, el presidente Sebastián Lerdo de Tejada autorizó su regreso a la patria. Pasó sus últimos años pobre, ciego y olvidado por todos.
Ya antes de ello se había dejado sentir el peso de la influencia de Santa Anna en el devenir político del país. En 1828 se opuso a la elección de Manuel Gómez Pedraza como sucesor del presidente Guadalupe Victoria (1824-1829) y aupó a Vicente Guerrero a la presidencia (abril-diciembre de 1829). Ayudó luego al vicepresidente de Guerrero, Anastasio Bustamante, a hacerse con la presidencia (1830-1832) y negoció luego su renuncia en favor del aspirante al que se había opuesto cuatro años antes, Manuel Gómez Pedraza (1832-1833). Este ininteligible reguero de intrigas y traiciones acompañó a Santa Anna como una sombra y ha permitido definir su trayectoria política como un mero arribismo sin ideología.
La pérdida de Texas
Finalmente, en 1833 asumió personalmente por primera vez la presidencia de la República y dio inicio a lo que podría llamarse sin rigor su primer mandato; de hecho, entre 1833 y 1835 asumió y cedió el cargo en cuatro ocasiones. Carente de ideas propias también en el poder, Santa Anna actuó como un demagogo populista. Empezó gobernando con los federalistas anticlericales, permitiendo las reformas liberales de su vicepresidente, Valentín Gómez Farías; luego se alió con los conservadores, centralistas y católicos, con los que tenía mayor afinidad, y en 1835 suprimió el régimen federal, aplastando por la fuerza a sus defensores.
Pero este refuerzo del centralismo tendría funestas consecuencias. El estado de Texas, territorio del extremo noreste de México con fuerte presencia de colonos anglosajones, se opuso a reducir su autonomía a la mínima expresión y reclamó el retorno a la constitución federal de 1824; rechazadas sus demandas, se desencadenó la rebelión. Santa Anna atacó Texas con su ejército, lo que implicaba enfrentarse también a los Estados Unidos, que prestaban apoyo a los rebeldes; obtuvo una célebre victoria en El Álamo (marzo de 1836), pero apenas un mes después sufrió una humillante derrota en San Jacinto.
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