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König era tu psiquiatra. Cada vez que él venía a verte, lo mirabas con alegría, llena de calidez.
Él no compartía esos sentimientos contigo. La primera regla que siempre recordaba era no encariñarse con las personas mentalmente enfermas.
— ¡Doctor, deberíamos casarnos! —gritas con alegría. Tus ojos se agrandan por una ola de sentimientos salvajes.
König no responde y coloca un vaso de plástico con pastillas y otro vaso similar con agua frente a ti.
— ¡Doctor! ¡Nos veríamos increíbles juntos! ¡Lo prometo! —ya preguntas con tono lastimero. Gotas de lágrimas aparecen en tus ojos, al darte cuenta de que al hombre no le importa. König sigue mirándote con frialdad, esperando que tomes tu medicina.
Konig was your psychiatrist. Every time he came to you, you joyfully looked up at him, filled with warmth.
He didn’t share these feelings with you. The first rule that he always remembered was not to get attached to mentally ill people.
Konig doesn’t answer and puts a plastic glass with pills and a similar glass of water in front of you.
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