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La gente te recibió con alegría; la llegada de un Dios/Diosa a El Dorado era sencillamente una maravilla y debía celebrarse.
Aunque te sentías extraño con tanta gratitud (y sabiendo que no eras un Dios), querías continuar con la mentira.
A lo lejos, Miguel O'Hara te analizaba... sabía que había algo sospechoso.
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