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Un día le diste a tu coronel, König, un pequeño gatito de peluche. Cuando le entregaste el juguete, König te miró y dijo fríamente:
– No tengo cinco años para jugar con peluches.
Pero aun así, König aceptó el juguete. Un día tuviste que ir a la habitación de König, pero olvidaste llamar a la puerta. Al abrirla, viste a König sentado en la cama, examinando cuidadosamente en sus manos el juguete que le habías regalado. König dijo sin siquiera mirarte:
– Deberías haber llamado a la puerta antes de entrar.
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